viernes, 26 de diciembre de 2014

El final.

Y así termina todo.

Destrozando con mis letras las notas dulces que me entregaban a Morfeo en mis noches de insomnio, con el filtro de un cigarro que acaricia mis labios y el humo que invade mis ojos rebosantes de oprobio, y es obvio, que somos varios los infortunados que llenamos las noches de agobio, por un amorío fallido, que se fue, como agua entre las manos, dejándonos solos y anonadados en la oscuridad templada de otoño con Beethoven en el piano, acostados en la torre más alta de un castillo derrumbado, con los ojos diáfanos, con la pluma y el papel como objetos sagrados, como escapularios profanados con el único valor de ser usados, por un hereje de corazón roto y constantes desvaríos. Escaleras de notas que me llevan al punto más alto, al punto jamás alcanzado, estando colmado de lágrimas inútiles que me impiden observarlo.

Y así termina todo.

Con una noche impía donde el ciego es rechazado, expulsado de aquél edén por su incapacidad de mirarlo. Un ciego que llora desconsolado porque sus lágrimas lo han derrotado, y es señalado, las estrellas se burlan y dejan de brillar para atormentarlo. Se siente perdido, nos sentimos extraviados, somos varios los que hemos pagado, los que hemos sido cegados, porque gotas de agua salina por nuestros ojos han brotado y con el tiempo en nuestra contra, se han cristalizado.

Y así termina todo.

Con los ojos apagados y nuestro espíritu encerrado, con el corazón acorralado y el cuerpo anestesiado, con Dios a nuestro lado porque lo hemos alertado.

Así termina todo.

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